Protocolo del punto y coma

Unas cuantas anécdotas ajenas y otras tantas situaciones hechas palabras.

Fogosidad de turno nocturno

Un jabón “Rosa Venus”, el control de un televisor y una llave: objetos que se le confieren a las parejas una vez pagada su habitación. Sergio, la primera amistad que entablé en Guadalajara, es el recepcionista de turno nocturno del motel “Lor”. Es un trabajo reciente, está en una transición que lo llevará a decidir si debe continuar sus estudios sacrificando sus horas de sueño o mejor optar por abandonar la idea de ser Arquitecto y continuar con el negocio familiar.

Alguna vez una familia se hospedó en el lugar; en ningún otro sitio les permitieron albergarse con un perro y, por extraño que resulte, ellos no encabezan la lista personal, “clientes bizarros”, de Sergio.

Los viernes siempre son muy concurridos porque, según la leyenda del espectacular que corona la entrada al motel, “los viernes toca”. Un promedio de treinta grupos de personas se hospedan días como éstos en “Lor”, que cuenta con veinticinco habitaciones. Dos de ellas son suites, esas tienen un valor de 650 pesos. Siete son habitaciones dobles, cuestan 450. El resto son sencillas, las más baratas, de 300 pesos.

Sergio entra a las doce para suplir a Don Fermín Cuellar, dueño del establecimiento y que vive en la casa contigua. Éste es su segundo mes laborando aquí, es lamentable que aún necesite tres latas de Red Bull para no sucumbir ante el sueño. La televisión no siempre coopera así que, cuando puede, lleva su laptop para adelantar tareas o intentar pasar el nivel 32 de Candy Crush.

El primer cliente no llega sino hasta la una. Un hombre alto, delgado, de unos cincuenta años. Pide una habitación sencilla. No espera a nadie, según afirma.

–Mucha gente llega sola, me imagino que entran a jalársela y ver porno- Sergio también asegura que en ocasiones dejan fotografías e incluso inciensos aromáticos. Disfruta que peculiaridades como ésta se presenten en su trabajo. Le dejan muchas anécdotas ajenas por contar al otro día.

Zaztal, una adolescente de 17 años junto a su madre, Doña Jose, son las únicas que le hacen compañía durante la noche. Ambas son chiapanecas. Ellas se encargan del aseo mientras él cobra. Este viernes Zaztal faltó por motivos de salud, es por eso que Doña Jose tiene más ánimos de conversación que como es habitual. Conversación que se ve sesgada por los segundos clientes de la noche.

La pareja trillada. El hombre mayor con atuendo económico de oficinista más su joven compañera de falda corta, mejillas rosadas y risa ingenua, pero resabiada. “Dame la de seis cincuenta… Oye, ¿vendes cigarros de casualidad?”, primeras palabras que dirige a Sergio después de interrumpir la sesión de besos con su acompañante. Sergio le ofrece uno de su cajetilla, luego se dispone a cobrarle.

Clientes así forman parte de la regla de cualquier motel. Las excepciones suelen ser las que no dejan de sorprenderle. Su primera semana asistió un hombre bien parecido con un equipo de fotografía e iluminación seguido por dos mujeres de mediana edad que vestían prendas blancas.
–Se veía como un cotorreo más profesional. No se quedaron ni cuatro horas en el cuarto y, cuando se fueron, dejaron pedacitos de papel maché en todos lados. Doña Jose estaba que no se la acababa cuando limpió, aparte ese día hubo machín gente –. Entre risas, el recepcionista apenas puede terminar la oración.

Le sería más sencillo comprender el enfado de Doña Jose si se considera el esfuerzo personal que reclama mantener limpio un espacio -fundamentalmente- destinado al coito. El rodillo atrapa-pelusas que se pasea por toda la recámara para recoger cualquier evidencia de humanidad, el remojo de las sábanas en Pinol y jabón blanco que pretende erradicar cualquier señal de intimidad en escasas seis horas o la limpieza de baldosas a base de la mezcla de vinagre con detergente.

No todos los clientes hacen palpable su pasada presencia en “Lor” a través de lo precario. Algunos son memorables por sus costumbres. El cliente estrella es un hombre pulcro al respecto. Se acerca a los ochenta años y acude una vez al mes con prostitutas diferentes para ver películas infantiles como procedimiento para comenzar el acto sexual. Sergio sabía de él antes de comenzar a trabajar ahí por Don Fermín.

El dueño se hizo buen amigo del octogenario. En cierta ocasión, éste le confesó que los filmes para niños le producían excitación, que pronto, fue dependiendo de ellos para conseguir una erección. Sergio desconoce qué tan cierta pueda ser ésta declaración. Él sólo lo ha visto una vez. Podrían ser especulaciones del mismo Don Fermín, quién le defendió dicha idea asegurando que él mismo encontró en algún momento la película de Bambi sobre la televisión.

Hasta ahora se han ocupado siete habitaciones. Es una cantidad mínima para que las manecillas se estén aproximando a las cuatro de la madrugada. Es menor aun cuando se tiene en cuenta que es viernes de promoción: “Veinte por ciento menos en todas las habitaciones (no aplica en Suites)”. Más no es sorprendente, la concurrencia ha sido la misma desde hace tres semanas.

–Debe ser porque la gente está jalando pa’l “Kuboz”. Según me dijeron, bajaron precios o algo así– Dice Sergio sin retirar la vista de su computadora refiriéndose al motel que se encuentra cruzando la avenida. Todavía intenta superar el nivel que lo apremia en Candy Crush.

Sergio es una persona reservada. No suele hablar mucho. Esa es otra de las razones por las que detestaba su trabajo como vendedor y celebra un poco el de “recepcionista velador”. Los clientes nunca hacen muchas preguntas. No suelen entablar una charla con el muchacho que los atiende del otro lado de la caja. Sus deseos priorizan sus urgencias y Sergio, personifica el paso primero, también el más tedioso de todos, para llevarlos a cabo. Nunca prolongan su permanencia en la recepción.

Los de las seis, no obstante, sí se detienen unos instantes a responder una llamada. Un hombre joven acompañado de una mujer que parecía de la misma edad. Lo piensan un momento para finalmente decidirse por otra de las suites. No difieren mucho del cliché a la pareja de novios que recurre a los hoteles “de paso” para disfrutar de una noche a solas. Esa y la del hombre encorbatado con la secretaria veinteañera, son dos de las reglas casi indispensables de un motel barato ejemplar.

Sergio espera que llegue alguno de los clientes que presume como “los más bizarros”. Aparenta querer enfundarle veracidad a sus confesiones sobre hombres con trajes sadomasoquistas, mujeres cincuentonas con dos muchachos fornidos, grupos de cinco personas solicitando habitaciones dobles o hasta el hombre ebrio que entró con un travesti y salió enfadado al amanecer. No fue testigo de todas las historias anteriores, sin embargo, le emociona la idea de serlo en algún momento.

Pronto serán las ocho y el marcador apunta doce habitaciones rentadas. Aunque la afluencia es poca, en un motel la noche nunca es tranquila.

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Citlali no tiene que ponerse

Citlali tiene siete tareas antes de salir esta noche. Vestir su cabello crispado de rizos castaños. Vestir sus pies número nueve con zapatillas número siete. Vestir sus ojos saltones con rímel barato y sombras dramáticas. Vestir su barba enraizada con un mentón sin poros. Vestir el pecho llano con dos senos montañosos. Vestir su falo de una mujer elegante y vestir a Ángel de travesti.

La primera es de las dos más tediosas, pero también una de sus dos favoritas. En ocasiones peinaba a su madre antes de irse a trabajar cuando era niño. Ambas vivieron en un departamento pequeño del centro toda su juventud. Esos días no cruzaba por su mente la idea de travestirse. La ropa y accesorios femeninos de su casa permanecieron intactos hasta que tuvo catorce: en un cumpleaños jugó con sus vecinas a vestirse de personajes famosos. Ella fue Fey; porque estaba de moda y porque era la única cantante de la que se sabía más de tres canciones.

Niega que su reflejo femenino en el espejo despertara en él algún indicio de su ahora “gusto culposo”. No, su adolescencia no marca una pauta en su historia como Citlali; en contraste, era un metalero desorientado y reprimido, demasiado tímido para socializar y demasiado trastornado para ser rebelde. No se imaginaba reemplazando su camiseta favorita de Black Sabath por el vestido beige que vistió la primera vez que se presentó en un bar gay.

–Fue Litzi quien me animó a salir así, es que yo no me atrevía. Nunca había salido a la calle, ¿sí sabes?… Moría de nervios porque la gente sólo anda mirando. Como si fuera la primera y la última vestida de Guadalajara –Litzi le enfundó valor con aquel vestido beige. Es por eso que a ella le tiene un afecto especial, ése que sólo le tenía a Estefanía, su actual pareja sentimental.

Fotografía por Litzi, Mayo 2013

Fotografía por Litzi, Mayo 2013

Paulina, su otra amiga travesti, se encarga de la tarea número tres –no es que se siga el orden establecido- con un cosmético azul metálico. Citlali nunca fue talentosa con el maquillaje. A pesar de que son incontables las veces que usó ropa de su madre cuando entró a la universidad, el maquillaje siempre lo respetó.

–Creo que tenía miedo de que un día se me acabara y se diera cuenta – Dice con los ojos cerrados a la espera de ser vestidos de esa sombre escandalosa.

Litzi y Paulina le esconden una colección de ropa de mujer. Una quinta parte de esa ropa le perteneció en algún momento a su madre y un reducido grupo de zapatillas fueron de su novia. Lo demás lo ha comprado con el tiempo o le ha sido regalado por sus amigas. Sus “consentidos” son un vestido negro sin mangas y unos tacones rojos de piel.

Esta noche estaba planeada con el vestido negro y Litzi, que es quien lo guarda, lo olvidó, así que Paulina improvisa con una falda de mezclilla y una blusa blanca que no parecen convencer a nadie en la habitación más que a ella misma. Es una pena, dado que pocas prendas logran combinar con los tacones rojos, según Paulina. Es más apremiante todavía porque a Citlali usualmente le lleva mucho tiempo tomar una decisión cuando se trata de la ropa.

Es su personalidad impaciente y, a la vez, su seguridad lo que la caracterizan. Le encantan las prendas atrevidas. Le gustan las bebidas fuertes, sin endulzantes. Le gusta bailar salsa y bachata. Le fascina depilarse las cejas, porque son escasas las veces que se permite hacerlo. Le gusta coquetear con desconocidos y luego abandonarlos a la mitad de una acalorada conversación. Es muy mentirosa, así se describe ella y así la describen sus amigas también. Es una peculiaridad que comparte con Ángel: su mitomanía.

Ángel es versátil. Sencillo en su vestimenta. A veces puede ser desaliñado. Sus prendas están conformadas en gran parte por camisetas con estampados de agrupaciones musicales. Su cabello es largo y castaño, algo que agradece eternamente; siempre está enmarañado y, si no tiene planeada una “escapada”, su barba puede permanecer semanas sin afeitarse. Es un hombre de facciones duras. Alto, de espalda ancha, tez morena y pesa 87 kilos. Características que no le juegan a favor en su labor de inversión.

No es muy varonil, tampoco es afeminado. Reservado para ser una persona con facilidad de palabra. Amante del heavy metal, el rock, y el gore, es de carácter sereno y carismático.

Ama a Estefanía. Suele insistir copiosamente para reiterar su amor por ella. Tienen cerca de ocho años de relación y espera casarse pronto. Le gustaría tener hijos: Dos, dos estaría perfecto. Un niño y una niña. No es homosexual, ni siquiera se considera un travestido. También suele insistir en ello.

–Me gustan las mujeres. Es decir, amo a mi novia y siento atracción por otras chavas como cualquier hombre. Sólo que también me gustan las “vestidas”, pero no por eso tengo que ser homosexual –Explica sin despegar los ojos de su computadora mientras envía un correo electrónico.

No dice mucho de su vida personal. Divaga con anécdotas ajenas o chistes malos. De su padre sólo sabe que se llama como él y de su madre sólo dice que es una mujer devota y ermitaña que “no vería la luz del sol si no hubiera misa los domingos”.

De Litzi habla poco, sin embargo, expresa el cariño que le tiene refiriéndose a ella como su “amiga especial”, además de lo dicho por Citlali. La conoce desde hace doce años y fue la primera persona a la que le confesó el lado oscuro de su guardarropa. Era de suponerse; se acercó a ella por su vestimenta.

Litzi le ayudó a escoger su nombre, porque toda vestida debe tener un nombre. Prefirió “Citlali” por encima de “Beatriz”, que es el nombre de su madre, porque así se llama su hermana, quien se fue de la casa para vivir con su novio cuando tenía quince años. Una o dos veces al año se comunica con ella por teléfono o vía internet.

Alguna vez Estefanía le preguntó por Citlali en un arranque de celos tras descubrirle unos mensajes de texto. Le tomó por sorpresa, pero se sintió aliviado de que no lo asociara con su secreto. “Es mi hermana”, le dijo, y fue así como su novia se enteró de que tenía una hermana. Las fotografías presentaron mayor complejidad en su negación, tardó varias semanas en convencerla de que era alguien más y que desconocía la razón de su existencia en su computadora.

Su madre guarda sus sospechas, pero prefiere no cuestionar a su hijo. Sus compañeros de trabajo estuvieron a escasos minutos de descubrirlo con la ropa de Citlali durante su estadía en Irapuato, en un viaje laboral. Por razones obvias no le gusta que nadie entre a su habitación sin su permiso. En su casa la regla se torna más severa, designada a cualquiera de las puertas que te encuentres.

–Disfruto mucho mi privacidad. Mi lado de vestida me ha vuelto muy precavido y muy buen mentiroso también –Entre risas, apenas logra terminar la oración.

Él es un Ingeniero en Sistemas y entre semana trabaja en el área de mantenimiento de cómputo de “Hipermegared”, una compañía de tecnología inalámbrica. Los viernes y sábados es DJ en un bar del centro de Guadalajara y, una o dos veces al mes, es Citlali.
Esta noche, él y sus amigas se reunirán con un grupo de travestis para asistir al evento denominado “Sunday Morning” en un centro nocturno de la ciudad. La casa de Paulina es el sitio destinado a la transformación de Ángel.

Desnudarse es su parte favorita del ritual. Describe el acto como una terapia personal.

–Así se debe sentir un joto cuando sale del clóset. Es parecido a lo mío. Lo hago por eso una o dos veces al mes. Para consolar mis ganas de ser Citlali –Asegura mientras se quita la ropa.

Reproduce la canción “She’s got the Jack” de AC/DC y Litzi responde con una mueca de desaprobación; está enfadada de su rutina. Se da la vuelta, le da la espalda a ella y Paulina, entonces comienza a quitarse los pantalones y la camisa y, una vez en calzoncillos, da un giro y continúa cantando mientras se dirige al baño para proceder a despojarse de ellos también, ahora en la intimidad.

El procedimiento a continuación es sencillo: toma una toalla sanitaria y la coloca al revés, con el pegamento sobre sus genitales, abatiendo el pene hacia atrás entre su bragadura y reduciendo su volumen a la mínima expresión. Al final, con ayuda de la ropa interior, en efecto, estás presenciando una entrepierna femenina. Por extraño que parezca, afirma que no le produce molestia.

Cortesía de Ángel, Enero 2007

Cortesía de Ángel, Enero 2007

Es inquietante, ya no parece Ángel. Nadie que le conozca y tenga la oportunidad de verle como Citlali se sorprenderá cuando dice que jamás son descubiertas sus mentiras; es un excelente actor y como actriz, es mucho mejor.

Ahora, Citlali, tiene el brasier con relleno y la pantaleta puestos, sólo que aún le falta el atuendo. Se le sugiere que tome el vestido beige, el de la primera vez.

–Fue como si en lugar de vestirme, me hubiera quitado un disfraz… –Ése le trae buenos recuerdos.

Última carta a Carmen

Nunca tuve la oportunidad de explicarte que pasó con Falsa, nuestra paloma. No la dejé escapar. Sé que en la última carta te hice creerlo. No sé si la leíste, hace mucho que no respondes a ninguna. Bueno, no escapó. Está en la jaula blanca que le compraste en el mercado.

Puedes volver por ella si lo deseas, ahora te pertenece. O puedes volver por la jaula, sé que antes de irte te la negué. Es que tomaste todas tus cosas y yo sólo quería algo tuyo. Puedes volver por ambas. ¿O podrías sólo volver? Un instante, para que tengamos la ocasión de mirar cómo hemos cambiado. O para que me regales la ocasión de mirarte, aunque tú no me mires.

¿No mirarte quedó implícito en aquel contrato al aire que acordamos cuando te fuiste: “No me busques, no me llames, no me escribas”? No me queda claro. Después de todo, nunca firmé nada.

En lo que respecta a no buscarte, hace días me juré no volver a hacerlo. Juro que lo hice. Pero tropecé con una solución más efectiva, me dispuse a travestir mi búsqueda. Buscarte para encontrarte. No, ya no. Cada vez que te encuentro escapas. Buscarte para saber de ti, tampoco. De ti sólo sé que te quiero y eso me basta. Buscarte para que sepas de mí, eso cobra más sentido. Porque si no sabes de mi, ¿cómo vas a saber que te busco?, ¿cómo vas a saber que te quiero?

No pretendo parecer desesperado porque, créeme, no lo estoy. Desesperación sería el término adecuado si fueses imposible y si éstos fuesen mis últimos recursos. Pero no, no eres imposible porque ya te tuve. Y esto no es lo último que me queda, porque lo único me perteneció alguna vez fuiste tú. Desesperación fue cuando te propuse matrimonio. Mis manos goteaban por una respuesta y mis ojos destellaban porque fuera un . Ese día sí estaba desesperado.

Estoy trastornado.

Perturbado con la idea de querer olvidarte y desquiciado por la posibilidad de recuperarte. Estoy atravesando por el dilema de necesitarte o extrañarte. Una vez que me decida, entonces podremos resolver si es una inocente demencia temporal o realmente te amo y estoy desesperado. Puedes estar tranquila por ahora, porque en este preciso instante, sólo estoy trastornado.

Y si ésta fuese la última carta, quiero estar seguro de que la leíste. De la misma forma que cuando partiste “para ser libre con el amor de tu vida”, yo quería estar seguro de que me amaste. De que aquel momento en que te hice el amor en la cocina, que ahora parece un depósito de verdura podrida y periódicos viejos, me amaste. Que la primera vez que mis impulsos salieron disparados sobre ti con nuestro primer beso, me amaste y que por lo menos ese instante en que mi mediocre vida colapsó con la tuya en esa jodida galería, me amaste.

Quiero que la leas, que repares en cada letra porque tengo el fuerte presentimiento de que próximamente, estaré desesperado.

Como siempre, nunca olvides que te amo, Carmen.

Beneficios de un hábito bohemio

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Edgar está aburrido en una fiesta, otra vez. Su inapetencia es una incógnita reciente. Ha considerado que, quizás, como una cruel sentencia de Dios a su falta de fe, su alcoholismo resolvió consumir su gula suprimiendo toda sensación de placer.

Ha revisado la hora en cinco ocasiones para tristemente percatarse de que sigue siendo la 1:20 de la madrugada, (¡La 1:20!)

Se pregunta que será más decepcionante. Que su prematuro enfado le impida excusarse con la hora y así evadir las insistencias de sus amigos para que se quede. O que fuesen necesarias dos horas para hastiarse de una fiesta que consagraba todos los placeres a los que, hace unos meses, hubiese atendido sin pensarlo.

—Voy al baño —Le dice a una de sus amigas, quien lo ignora porque conversa con un sujeto robusto y con tatuajes que le escudan ambos brazos. Es fácil distinguirse vistiendo, lo que muchos considerarían, una camiseta muy atrevida para su medida; si cambia de opinión no teme perder de vista a su promiscua amiga.

En fin, una zambullida a este precario espectáculo podría mejorar las expectativas de la velada.

Observa a detalle el panorama, busca escapatoria: ¿Jóvenes alcoholizadas y atractivas? Sin duda las hay. ¿El ambiente? ¿El cabrón que le caga? ¿El alcohol? Es de baja calidad, pero le han visto beber de envasados sin etiqueta. ¿La música…? Sí, la música es el pretexto indicado. Es decir, ¿a quién coño le parecen adecuados los lamentos de Yuridia? Sus temas no son malos, más éste último sí que resultó un desastre.

“Suficiente. Esto es un no definitivo”, piensa aliviado.

Se aproxima a la puerta para abandonar el festejo y se percata de que su compañero de cuarto se le acerca. Sería capaz de pretender una convulsión para evitar entablar una conversación que prolongue su estadía.

—No jodas, la tipa que te tiraste hace dos semanas está ahogadísima en la cocina —Al parecer su compañero pasa por alto que su apariencia tampoco es la más austera.

—Sí me di cuenta, ja ja… ¿Sabes? Me estoy orinando, voy afuera porque el baño está atascado —Le da una palmada en el hombro y con la mano libre, abre la puerta.

Si todo marcha bien, estará en su casa en menos tiempo de lo que le llevaría convencer a “la tipa” de tener otro momento de intimidad en el baño del lugar.

Por fin. La calle es fría y, sin embargo, le recibe con la cordialidad que no le ofreció el jolgorio del que escapa. Busca en su bolsillo los cigarros que sobrevivieron a la voracidad de sus amistades y por fortuna descubre que aún le quedan otras cuatro bocanadas antes de que acabe la noche.

Un camino tan solitario se presta para la reflexión. Edgar se imagina que muchas de las creaciones del hombre son producto de caminatas nocturnas en las que el alcohol o las drogas desempeñaron un papel importante. No será necesario mencionar que Edgar tiene una personalidad ególatra, aunque muchos la desconozcan. ¿Por qué no habría de permitirse entonces un espacio de reflexión individual?

Dirige su mirada al firmamento suplicando a los astros por inspiración. No hay respuesta, al contrario, comienza a sentir las consecuencias de su consumo desmesurado y lo único que viene a su mente es vómito. Chocokrispis con leche, dos tazones enteros que devoró antes de salir de casa, transformados en un charco espumoso y viscoso de vómito.

“Adiós a mi intento aristotélico”.

Ya no recuerda cuando fue la última vez que salió de una fiesta con una anécdota para doblarse a carcajadas al día siguiente. Lo cual es absurdo, dado que recientemente no recuerda nada al día siguiente. Da igual, por ahora le consterna no llevarse una historia agradable como evidencia de que asistió al cumpleaños de… Si no se equivoca, era el aniversario de vida de Andrea, la chica de curvas impecables cuya recién culminada soltería muchos hombres lamentan.

Tal vez si hubiera esperado unas horas más. Tal vez la mujer de su vida se hubiera presentado. O tal vez Martina, su antigua novia, en un repentino despertar hubiera caído en la cuenta de lo mucho que lo extrañaba y hubiera mandado ese mensaje de texto que él esperó todo el verano después de su ruptura. O tal vez una luz de esperanza hubiera iluminado su camino y le hubiera dado rumbo a su existencia, ¿por qué no?

Es increíble la suma de posibilidades que cruzan por tu cabeza cuando estás solo en la oscuridad caminando con el escaso equilibrio que te queda. Su problema con el alcohol, definitivamente, no vislumbra entre ellas. Hace mucho que decidió exonerarlo de toda culpa ante cualquier circunstancia negativa que se le presente.

—¡Edgar! —Un grito no muy alejado y con matiz femenino le ha llamado. Es Lucía, una vieja amiga del club de teatro con la que solía fantasear. Al parecer llevaba un rato caminando detrás de él. Se le ve algo borracha y con mucha energía.

—Hey, Lucifer, ¿vienes de la fiesta? —Ya se había hecho a la idea de caminar solo y súbitamente, anhela la compañía de Lucía en las escasas siete calles que le quedan de recorrido.

—Sí, una completa mierda si me pides opinión. Franco —Franco es su novio—, el muy imbécil se cree con la autoridad para decirme cuanto debo beber, o sea, como si yo no tuviera edad suficiente para… —Lucía hace esto todo el tiempo.

Es una chica muy agradable y tiene mucho potencial como oradora, por alguna razón tendría que estar estudiando Derecho. Sin embargo, a cada discusión que tiene con su novio, se podría asumir que Edgar es dominado por una fuerza suprema que lo dirige irremediablemente al sitio en el que ella se encuentra. A la fecha, es posible que tenga mayor noción de su vida amorosa, que la que tiene de su clase de Estadística.

No le importa, siempre le ha complacido escuchar a personas que aparentan tener mayores problemas que él. Le generan un sentimiento de esplendor a cambio de una mediocre contribución a través de respuestas vanas como: “qué mal pedo”, “te comprendo”, “no te aflijas”, “ajá”, (el ajá es un básico), “es un cabrón”, etcétera.

Si bien, ninguna de las veces que se ha molestado en escucharla ha conseguido tirársela, cualquiera estimaría que su gentileza no ha valido la pena. Pero Lucía hoy luce diferente. “Es el acohol”, piensa Edgar, “El alcohol la ha transformado”.

Siempre ha tenido la creencia de que el alcohol, así como cualquier otra adicción, tienen el potencial de revelar lo mejor o lo peor de una persona. Hubiese tenido que solicitarle a John Bonham, uno de sus bateristas favoritos, su veredicto al respecto.

Se acercan a su casa y a Lucía le quedan otras tres cuadras de camino. Si su hipótesis es acertada, lo único que necesita esta noche es un poco de caballerosidad corrompida. Comienza con un ligero roce de brazos, eso levantará sospechas en Lucía pero, ¿cómo hacerla pasar a su morada?

—Tengo que ir al baño— Idiota, siempre dice idioteces cuando debe aparentar virilidad; eso no inspiraría al “jale” ni a los burros en el equinoccio de primavera.

—Yo también, vamos a tu casa. No aguanto un paso más para llegar a la mía —Estas palabras hicieron que la llama encendida en el pecho de Edgar se convirtiera en una pequeña fogata.

Al entrar, Edgar se aseguró de que su cama estuviera lo más decente posible aprovechando que Lucía estaba en su baño y con plena seguridad de que, ésta, era la ocasión.

Lucía finalmente salió, se retocó un poco el cabello y le dirigió una mirada furtiva mientras el pretendía buscar algo en sus bolsillos.

—¿Puedo quedarme? Ya tengo sueño—dicho ésto, Edgar estaba a una cópula de retomar su formación católica.

—Claro, ¿quieres que te preste una pijama? Para que estés más cómoda —Ni si quiera tenía pijama para él y aún así, improvisaría con cualquier short deportivo con tal de fomentar su desnudez.

Es ineludible censurar los siguientes treinta minutos que vivieron Edgar y Lucía, pero no había experimentado otros treinta similares desde Martina.

La moraleja para Edgar, que obtuvo argumentos suficientes para evolucionar su hipótesis en una teoría, era reconocer que no había nada en este universo que el alcohol no le hubiera concedido. Algo que sin duda le hacía mucho muy dichoso.

Dos días después, en la fiesta con motivo del día de Halloween, le bastó con saber que habían unos veinte litros de tequila para desear permanecer ahí hasta que el primer estrato de luz se asomara en la ciudad. Recordó que ese apetito verbenero lo había abandonado antes, pero por fortuna, su ausencia nunca se prolongaba demasiado.

Los alcohólicos pueden permanecer anónimos por mucho tiempo, pero alcohólicos al fin, al cabo.